Dodger o Yankee
Desde que hace unas semanas, el poder ponerme a escribir me cuesta un esfuerzo inmenso, opté por hacer ejercicios de memorabilia en los que, aparentemente no escribiendo sobre nada, me ponía a escribir sobre recuerdos y pasajes de la vida, pues finalmente mi primer acercamiento con el ejercicio de escribir, nació con ejercicios de memorabilia, escribir desde el yo, ya fuera en tiempo pasado, presente, incluso en futuro, o la visualización/idealización de este.
Fue así que hace unas semanas, justo recurriendo a algo que hacía en mis tiempos de juventud para no sobre pensar, pero también porque era un gusto de aficionado a las estadísticas, que era ver deportes; me vino la idea de este texto, el cual en su momento no quise escribir y publicar por lo que se pudiera pensar en el sentido que aprovechaba el rush del clásico de otoño (o en palabras más concisas: verme como un poser), decidí esperar unos días más para entregarme a este ejercicio, y visitar y revivir algunas memorias que pudieran definir mi gusto por los que para mí y muchas personas pudieran ser los dos equipos más populares de la MLB, y por consiguiente la rivalidad entre estos: los Dodgers de Los Ángeles y los Yankees de Nueva York. Las cosas particulares y personales que me atan a estos.
Quizá deba empezar relatando la forma en que me hice fanático del equipo al que me hice fanático sin influencia alguna, es decir; sin que un amigo, tío o persona admirada (como es el caso del futbol y el football, ambos en la pre-adolescencia) le fuera y me hiciera, ya fuera de manera directa o indirecta; hacerme adepto del equipo.
Lo cierto es que no recuerdo en qué circunstancias fue, podría decir que fue en la secundaria, como fue el caso de la cámara fotográfica, o en el parque Guadiana como fue el caso de aquel balón rojo en diciembre del 2003; el caso es que uno de los objetos más valiosos que tuve en aquella etapa de mi vida fue una gorra negra de los Dodgers que me encontré.
Si mal no recuerdo, la gorra la tuve como dos años (basándome en vivencias concretas y archivo fotográfico que me da pena compartir, la tuve el ultimo año de secundaria y el primer año de prepa) y recuerdo que no me la quitaba, no me separaba de ella, lo cual era raro pues en aquellos años, a diferencia de ahora; el único accesorio que solía acompañarme con frecuencia eran las bufandas durante los primeros días de diciembre, extendiéndose hasta los finales e intensos días de invierno en febrero, pues para marzo un joven de 15/16 años piensa que llevar bufanda en ese mes es anacrónico.
El caso es que esa gorra que así como llegó en circunstancias no recordadas y algo pintorescas, de igual manera se fue de una forma nada convencional.
Recuerdo que veníamos de alguna especie de día de campo, no recuerdo a dónde habíamos ido, o a cuál de los días de campos particulares que hacíamos en el año cuando la familia aún estaba unida y los patriarcas aún estaban (mi abuelita, mi tío Gabriel, mi tía Aurelia, mi tía María), el caso es que de regreso, mi hermano me pidió la gorra, y le dije que sólo tuviera cuidado con el viento, pues al igual que la mayoría de primos de la edad, íbamos en la caja de la camioneta de mi tío Gabriel, entonces en una de esas asomadas que dio mi hermano para ver que ya casi llegábamos a casa (veníamos más o menos a la altura del estadio Francisco Zarco) la gorra salió volando. Mi tío hizo por regresarse, pero el retorno estaba todavía a algo de distancia, además del tráfico vehicular que hizo que se entorpeciera aún más la maniobra, el caso es que para cuando regresamos al punto donde cayó la gorra, ya no la encontramos.
Recuerdo que si me entristeció un poco la pérdida de esta, pero jamás reproché la pérdida a mi hermano, pero creo que él jamás olvidó el acontecimiento y la que algunos podrían llamar deuda hacia mi, pues el primer obsequio que me trajo ya viviendo él en Los Ángeles, fue una gorra de los Yankees del mismo color. Me di cuenta que la memoria es el otro vínculo que une a la familia, además de la sangre. Los acontecimientos, las memorias compartidas, no hace falta más que revivir los viejos tiempos para limar cualquier aspereza en ese gran árbol genealógico que tenemos.
También debo decir que mi fanatismo por el equipo neoyorquino y la ciudad en preciso, se afianzó aún más después con los años gracias al cine y la música: The sandlot, Adam Sandler, Jay Z, Alicia Keys, Woody Allen, Martín Scorsese, The atriles, Interpol, etc.
Ahora, hablando de mi gusto y fanatismo por los Dodgers, acá la influencia o la historia personal/familiar viene más arraigada de mis primeros años de vida, un poco así como llegan las cosas y amores heredados, del constante contacto, de no dejar de ver sus cosas.
Supongo que el haber vivido mis primeros dos años conscientes de vida en LA no son motivo suficiente para decir que el estar expuesto a tanta mercadotecnia y publicidad de los Dodgers sea razón suficiente para decir que soy fanático del equipo, y es verdad, no es razón suficiente, pero un recuerdo particular que tengo de esos dos primeros años conscientes de vida si hacen al menos que sienta algo de cariño por los blanquiazules.
Durante muchos años, al igual que con el recuerdo de San Miguel de Cruces, tuve la disyuntiva de si este recuerdo era real o ficticio, pero en una de esas pláticas que a veces tengo con mi madre sobre nuestro pasado, me hizo saber que ese recuerdo en particular no era algo inventado por mi imaginación, mi subconsciente, o la gran influencia que también tuvo la televisión norteamericana en mí en aquellos años.
Yo supongo tendría tres años. No recuerdo con quien iba, supongo que con mi papá y mi mamá, aunque a mi madre no la tengo materializada del todo en este recuerdo, sólo a mi padre con su barba, y cargándome en hombros. Una de esas memorias que yo creo más poderosas y siento me va acompañar hasta el final de los días, es subiendo unas escaleras en esta perspectiva privilegiada siendo niño y yendo en los hombros de una persona adulta. Recuerdo perfectamente el cuadro entrando a un pasillo corto y ver el Dodgers Stadium desde lo alto, y los gritos de un recinto aún no tan lleno. Ese recuerdo siempre me hace pensar en esa vida que tuve, las personas que fueron parte de esa vida y que no se quienes son y que pocas veces puedo recordar a través de rostros desconocidos pero familiares, y esa parte de mi memoria que está nublada respecto a esos días con sólo viñetas que de repente se asoman sin sentido o razón aparente, como sueños.
Luego ya estando en Durango, durante muchos años de mi infancia, es decir entre los 5 y 8 años, recuerdo tardes con primos y vecinos, entre tierra y casas de madera y cartón, jugando con los guantes de baseball de Chuy y con una pelota de los Dodgers que mi mamá me pedía cuidara mucho y no la fuera a perder, pero como todo en esta vida, a veces sin darnos cuenta de cómo o cuando pasó, la pelota terminó por perderse de nuestra vista, pero no así de nuestro recuerdo.
Ahora ya estando grande, el hecho de que mi hermano viva en LA hace que que en cada una de sus visitas, nos traiga abundante merch de los Dodgers, lo cual me hace tener muy presente la familiaridad y el cariño por el equipo, pero mi hermano conociendo mi amor no sólo por el equipo neoyorquino, sino mi gusto particular y cultural por esa ciudad, más que por el espectáculo prostituido que generalizan de LA (aunque cabe resaltar que también me gusta el espectáculo prostituido y la escena cultural de LA), sigue trayéndome merch y afiches de NY.
Es así que muestro mi amor por ambos equipos, ambas aficiones y ambas ciudades, que si no fuera por los recuerdos y personas que me atan a ellos, quizá no habría afición, no habría memorias, no habría vida; de modo que siempre celebraré la vida a través del arte y el juego, porque la vida es arte y juego. Ya lo decía Chaplin: todos somos aficionados, la vida es tan corta que no da para más.
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