Camas que fueron casa.
"¿Sigues tratando de entender la naturaleza de los cuerpos desnudos
en las habitaciones de hotel que deberían estar vacías?"
Me niego a creer que cuenten los lugares donde uno durmió cuando era menor de edad, pero se tienen que mencionar porque aún siendo niños, aún cuando no dependía de nosotros el querer dormir o no, en un lugar u otro; dormíamos.
Si quisiera tratar de seguir estrictamente un orden cronológico, tendría que empezar por mencionar los cuneros del que en 1989 era el Hospital General de la ciudad de Durango, donde pasé un par de noches, según mi madre. Durante mi primer año de vida, mi casa (y cama) fue la que rentaban mis padres en el barrio de Rebote. Luego vinieron las dos casas en las que vivieron mis padres los cuatro años que mi mamá estuvo en Los Ángeles: la primera, en Compton, cuando aún sólo era yo, y en Maywood, cuando ya estuvo mi hermano Eduardo con nosotros. Luego, de regreso en Durango, estuvo la casa de mi abuelita en donde una vez dormí en un pequeño sillón, la casa de algunas tías con las camas de algunas primas, un par de pijamadas de las cuales en una fui anfitrión y en la otra organizador cuando la pasamos en la casa de Doña Cuca, las vacaciones de invierno y la bienvenida del nuevo milenio en Santiago Papasquiaro; y la que terminó siendo mi casa, que ha sido a su vez tres casas distintas: la casa que compraron mis padres, la casa que construyó mi madre, y la casa que hemos estado construyendo desde que mi hermano Eduardo y yo somos adultos.
En mi vida adulta, vinieron más camas en la que dormir. En mi exilo en la La Paz durante 13 años, tuve dos casas, tres camas, pero también hubo una cama donde pasé la única noche que he dormido con una mujer después de hacer el amor, y un par de playas a la luz del día. En mis viajes por la Baja a lo largo de los años y los viajes por todo el país, acumulé muchas camas donde a veces dormí placenteramente y otras veces no tanto, donde a veces sirvieron de bunker para las finanzas y refugio de tentaciones, y a veces para torturarme y escribir ficción o crónicas de viaje. En Cabo San Lucas estuve en cinco hoteles de cuyos nombres de algunos no me quiero acordar, y de otros no me puedo acordar. En Todos Santos hubo dos hoteles, uno de ellos el más famoso de los hoteles. En el rancho San Antonio, en Miraflores; pasé una noche en una casa de campaña con la noche más estrellada que he visto en mi vida. En el Valle de Santo Domingo estuve en dos hoteles (uno de ellos se llamaba "El arbolito", del otro no me acuerdo pero aún debo tener alguna factura en esa papeleria que se convirtió en borradores y que aún no me siento preparado para revisar, pero que recuerdo estaba en la salida a La Toba, frente al extinto Rancho Viejo donde conocí a María, la mujer más guapa que he visto en mi vida), en Puerto San Carlos estuve en un hotel, en Loreto estuve en tres hoteles: el Santa Fe donde conocí a Randy y Paco de Molotov, la Misión donde nació "La chica del muelle", y aquel hostal donde nos quedamos en familia en la habitación Italia los primeros días de noviembre del 2017. En la laguna de San Ignacio estuve en un Motorhome escuchando una plática que no me creerían y que jamás tendría que haber escuchado.
Hubo otras noches menos o más significantes en otras ciudades. Tijuana en los departamentos Girasoles y el One de Otay (y un sitio cuando era bebé y que mi madre no me supo especificar). Mazatlán, las dormitaciones en las salas comunes sobre el TMC y los dos Baja Ferries surcando el Pacífico. Chihuahua, Sayulita, Nombre de Dios en repetidas ocasiones aunque en el mismo sitio (pero no en la misma cama) y múltiples cabañas a los alrededores de Durango. Lerdo, Guadalajara, Guanajuato, Morelia, Zacatecas (tres camas).
Y espero que esta lista se siga nutriendo en la vida venidera, pero este es el corte de caja al día de hoy.

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