Fragmentos de "Aeroplano" (Caja III)
*De la novela "Desierto sonoro", de Valeria Luiselli.
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En una franja de grava, estacionamos el coche. A la derecha hay una larga reja de malla de alambre; y del otro lado de la reja, una pista en la que se ve un pequeño avión, estacionado, con una escalera adosada a su única puerta. No es un avión comercial, pero tampoco una nave militar. De hecho, parece un avión privado (un avión americano, hecho en América, como dice la canción de Laurie Anderson). Nos bajamos del coche, al denso calor, el sol del mediodía cayendo a plomo. La niña está dormida en el asiento trasero, así que dejamos dos puertas abiertas para que circule el aire al interior del coche.
[...]
Le pido al niño sus binoculares, para ver más de cerca el avión estacionado en la pista. El niño los saca del asiento trasero y saca también su cámara y el librito rojo de mi caja.
Ambos caminamos por la franja de grava y nos detenemos frente a la reja. Ajusto los binoculares a mis ojos. Su borde metálico está caliente.
[...]
Sorprendo un pájaro en pleno vuelo y lo sigo hasta que desaparece.
[...]
Del asfalto caliente emanan espejismos. Un oficial escolta al último niño hasta la escalera del avión, un niño pequeño, de cinco o seis años tal vez, que va chupándose el dedo mientras aborda. El oficial cierra la puerta detrás de él.
Me toca mirar, ma.
Espera, le digo.
Me vuelvo para ver cómo está la niña dentro del coche. Sigue durmiendo, y tiene el pulgar en la boca, también. Dentro del avión, aquel niño se sentará, obediente, en su lugar, se pondrá el cinturón y habrá un aire seco pero fresco. El niño hará un esfuerzo por no dormirse mientras espera el despegue, como hace mi hija cuando viajamos, como hacen los niños de esa edad.
[...]
Desde algún oscuro y desconocido rincón de mí misma se desata una rabia súbita, volcánica, indomable. Le doy una patada a la malla de la reja con todas mis fuerzas, grito, pateo de nuevo y lanzo mi cuerpo contra el metal, aúllo insultos a los oficiales. No pueden oírme por las turbinas del avión. Pero sigo gritando y pateando hasta que siento los brazos de mi esposo rodeándome desde atrás, sosteniéndome con firmeza. Más que un abrazo, una contención.
Cuando recobro el control de mi cuerpo, mi esposo me suelta. El niño observa el avión con sus binoculares, y el avión está colocándose en la pista de despegue. No sé qué estará pensando el niño ni lo que se dirá a sí mismo en un futuro sobre todo esto, ni siquiera si recordará este instante al que lo estoy exponiendo. Siento el impulso de taparle los ojos, como hago todavía a veces cuando vemos juntos ciertas películas. Pero los binoculares ya le han acercado el mundo demasiado, el mundo ya se ha proyectado en su interior, así que ¿de qué voy a protegerlo, y cómo, y para qué? Lo único que me queda por hacer, pienso, es asegurarme de que los sonidos que registra su cabeza en estos momentos, los sonidos que revisten este instante que vivirá siempre en su interior, sean sonidos que le hagan saber que no estaba solo ese día. Me acerco más a él, lo envuelvo en un abrazo, y le digo:
Dime qué estás viendo, Ground Control.
[...]
El final de las cosas, el verdadero final, no es jamás una nítida vuelta de tuerca, nunca una puerta cerrada de pronto, sino más bien parecido a un cambio atmosférico, nubes que se esperan poco a poco, <<no con un golpe seco sino con un lamento>>.
[...]
Es su versión de la historia la que nos sobrevivirá; su versión la que quedará y será transmitida. No sólo su versión de nuestra historia, de quiénes fuimos como familia, sino también su versión de las historias de otros, como las de los niños perdidos. Desde el principio, el niño había comprendido todo mucho mejor que yo, mucho mejor que el resto de nosotros. Había escuchado, observado las cosas -observando, enfocando, ponderando realmente las cosas- y, poco a poco, su mente había compuesto un mundo ordenado con todo el caos que nos rodeaba.
Lo único que los padres pueden darle realmente a los hijos son los pequeños deberes: así es como te cortas las uñas, ésta es la temperatura de un verdadero abrazo, así es como se desenreda el pelo, así es como te amo.
[...]
Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva.
El niño sigue observando el cielo vacío con sus binoculares. Así que le pregunto de nuevo, ahora en un susurro:
¿Qué más alcanzas a ver, Ground Control?
[...]
Le pido al niño sus binoculares, para ver más de cerca el avión estacionado en la pista. El niño los saca del asiento trasero y saca también su cámara y el librito rojo de mi caja.
Ambos caminamos por la franja de grava y nos detenemos frente a la reja. Ajusto los binoculares a mis ojos. Su borde metálico está caliente.
[...]
Sorprendo un pájaro en pleno vuelo y lo sigo hasta que desaparece.
[...]
Del asfalto caliente emanan espejismos. Un oficial escolta al último niño hasta la escalera del avión, un niño pequeño, de cinco o seis años tal vez, que va chupándose el dedo mientras aborda. El oficial cierra la puerta detrás de él.
Me toca mirar, ma.
Espera, le digo.
Me vuelvo para ver cómo está la niña dentro del coche. Sigue durmiendo, y tiene el pulgar en la boca, también. Dentro del avión, aquel niño se sentará, obediente, en su lugar, se pondrá el cinturón y habrá un aire seco pero fresco. El niño hará un esfuerzo por no dormirse mientras espera el despegue, como hace mi hija cuando viajamos, como hacen los niños de esa edad.
[...]
Desde algún oscuro y desconocido rincón de mí misma se desata una rabia súbita, volcánica, indomable. Le doy una patada a la malla de la reja con todas mis fuerzas, grito, pateo de nuevo y lanzo mi cuerpo contra el metal, aúllo insultos a los oficiales. No pueden oírme por las turbinas del avión. Pero sigo gritando y pateando hasta que siento los brazos de mi esposo rodeándome desde atrás, sosteniéndome con firmeza. Más que un abrazo, una contención.
Cuando recobro el control de mi cuerpo, mi esposo me suelta. El niño observa el avión con sus binoculares, y el avión está colocándose en la pista de despegue. No sé qué estará pensando el niño ni lo que se dirá a sí mismo en un futuro sobre todo esto, ni siquiera si recordará este instante al que lo estoy exponiendo. Siento el impulso de taparle los ojos, como hago todavía a veces cuando vemos juntos ciertas películas. Pero los binoculares ya le han acercado el mundo demasiado, el mundo ya se ha proyectado en su interior, así que ¿de qué voy a protegerlo, y cómo, y para qué? Lo único que me queda por hacer, pienso, es asegurarme de que los sonidos que registra su cabeza en estos momentos, los sonidos que revisten este instante que vivirá siempre en su interior, sean sonidos que le hagan saber que no estaba solo ese día. Me acerco más a él, lo envuelvo en un abrazo, y le digo:
Dime qué estás viendo, Ground Control.
[...]
El final de las cosas, el verdadero final, no es jamás una nítida vuelta de tuerca, nunca una puerta cerrada de pronto, sino más bien parecido a un cambio atmosférico, nubes que se esperan poco a poco, <<no con un golpe seco sino con un lamento>>.
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Es su versión de la historia la que nos sobrevivirá; su versión la que quedará y será transmitida. No sólo su versión de nuestra historia, de quiénes fuimos como familia, sino también su versión de las historias de otros, como las de los niños perdidos. Desde el principio, el niño había comprendido todo mucho mejor que yo, mucho mejor que el resto de nosotros. Había escuchado, observado las cosas -observando, enfocando, ponderando realmente las cosas- y, poco a poco, su mente había compuesto un mundo ordenado con todo el caos que nos rodeaba.
Lo único que los padres pueden darle realmente a los hijos son los pequeños deberes: así es como te cortas las uñas, ésta es la temperatura de un verdadero abrazo, así es como se desenreda el pelo, así es como te amo.
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Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva.
El niño sigue observando el cielo vacío con sus binoculares. Así que le pregunto de nuevo, ahora en un susurro:
¿Qué más alcanzas a ver, Ground Control?

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